El bar está prácticamente conservado como cuando sucedió todo hace casi siete décadas. Suelo de baldosa antigua, paredes revestidas de azulejos marrones, pintura blanca y viejas ventanas de madera con visillos. Hasta la mampara que separa el antiguo comedor es propia de un decorado de época. Así que no es difícil rememorar que allí, en una de esas mesas–entre los pucheros de alubias tan afamados del local– en los años 50 se fraguó la huida a Francia del último maquis, una operación con claroscuros que acabó en tragedia inducida por una traición. La fidelidad del escenario es tal que bastaría descolgar la pantalla de televisión para rodar una escena de la postguerra española.